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miércoles, 22 de junio de 2011

CARACOLES CON CALDO

Estimados blogueros ya parece que la lluvia a dado definitivamente paso al sol del verano. Estamos en la época del reinado de los caracoles.

En Villamanrique de la Condesa cuando terminan las lluvias dando paso al largo calor del implacable lorenzo; cuando se funden la primavera con el verano, unos animalitos muy curiosos empiezan a proliferar en el campo: Los caracoles, moluscos gasterópodos, que se hacen protagonistas temporales de las cocinas y bares manriqueños. También crecen las cabrillas, pero nos vamos a centrar esta vez en sus hermanos pequeños (2 – 3 cm) y blanquitos con rayas oscuras.

Forman parte de nuestra tradicional gastronomía de temporada, conociéndose su consumo desde hace muchísimos años, ya que esta es otra receta de la cocina de subsitencia, que siempre aprovechó la materia prima más próxima y asequible.

Aunque curiosamente, esta cocina de subsistencia sólo afectó a los primeros platos porque en los postres, heredamos el legado de romanos, árabes y judíos.

Quizás los caracoles mas grandes sean mas conocidos en la alta cuisine, esos que son protagonistas de fogones tan arraigados como los catalanes y los franceses, pero como mis raíces son andaluzas, concretamente manriqueñas, os traigo una receta ideal tal y como la  hacía mi madre (cómo no, siempre son las madres) para acompañar con una Cruzcampo bien fría, devorándolos, sorbiendo y chupando el bichito que hay dentro con verdadera unción sacramental, mezclada con el vicio diabólico de no poder parar una vez que te comes el primero, pudiendo llegar a ser "adictivos".

Ingredientes:
• 1 kg. de caracoles pequeños.
• 1 cabeza de ajo entera
• 1 muñequilla de especias variadas.  Estas especias se pueden comprar ya mezcladas, se trata de una variedad de especias, como son el comino, culantro, pimienta negra, orégano, tomillo, ... y según queremos que pique varias guindillas. Si las especias no están molidas, las tendremos que majar nosotros, antes de meterlas en la muñequilla. Una muñequilla no es más que un atadillo de tela fina blanca especialmente gasa o tela muy gastada, aproximadamente de unos 20 cm. cuadrados (gasa de la farmacia sirve) en el que introducimos las especies evitando que se dispersen por la olla y nos impida que podamos beber el caldo. 
• 1 manojo de yerbabuena.
• Aceite de oliva virgen extra.
• Sal.
• Vinagre.
• Agua.

Preparación:
Lo primero que hay que tener en cuenta, y esto sirve tanto para los caracoles como para las cabrillas, es que hay que lavarlos muy pero que muy bien.

Para ello el primer paso es purgarlos, que consiste en ponerlos vivos la noche anterior en un recipiente tapados con una tapadera de agujeritos o un escurridor para que no se escapen y a la vez puedan respirar. Los rociamos de varios puñados de harina para que se la coman y defequen, con lo que se limpian bien por dentro soltando todo el forrajillo de las hierbas silvestres del campo de las que se alimentan, que tengan en el intestino.

Luego los ponemos en un fregadero o en un barreño  donde corra abundante agua fría y limpia, les daremos un buen meneo, frotando unos contra otros, de modo que podremos ver cómo salen las babas y el agua se vuelve espumosa. Los animalitos reaccionan expulsando las babas, consiguiendo con ello también, que expulse las suciedades internas y las posibles toxinas que pudiera tener.

Los escurrimos para que la baba se vaya toda por el fregadero y repetimos el proceso con un puñado de sal gorda y un chorreón de vinagre, los seguimos meneando hasta que el agua quede más clarita (al menos unas tres veces). Es fundamental limpiarlos muy bien, pues la dieta de harina y la limpieza de los caracoles va a depender que no amargue y además sea higiénico el comerlos.

Una vez limpios, echarlos en una olla grande, cubriéndolos de agua fría suficiente para que los cubra con holgura, y encendemos la candela muy, muy, muy suave.

Dejar la olla con la candela muy lenta para que vayan tomando confianza, hasta que asomen la cabeza y los cuernos. No nos podemos despistar porque los pobres intentarán mil veces salir del aprieto y abandonar la olla, pero como decía mi madre, cuando se hacen los caracoles hay que estar al principio al lado de la olla, como un guardia civil, en constante vigilancia. Con la ayuda de la paleta (espumadera), lo iremos metiendo para adentro.

Cuando empiece el agua a hervir, irá apareciendo una espumilla oscura que retiraremos con la espumadera hasta quedar el agua limpia de impurezas que sueltan.

Cuando todos salgan del cascarón subimos de golpe la intensidad de la candela y los sorprendemos, muriendo poco a poco sin esconderse dentro, esto es lo que se llama “engañarlos”.

Una vez bien engañados y ya cuando el agua lentamente empieza a hervir, podemos ir retirando de la olla la espuma que va dejando el resto de impurezas que han quedado aún después del concienzudo lavado. Hay quien le quita este agua del primer hervor y le pone una totalmente nueva, en casa de mis padres y mi suegros preferíamos lavarlos muy bien, y aprovechar el agua del primer hervor que tiene ya cierto saborcito a caracol.

Añadir a la olla la sal y las especias, bien en la bolsita o sueltas majadas en mortero junto a las cabezas de ajo en una muñequilla (esto es, en un saquito que habremos hecho con un trapo fino, y limpio por supuesto, y en el que dentro habremos colocado el majado de las especias junto con los ajos) y luego atado con hilo para que no se deshaga. No dejar de espumar hasta que el caldo quede limpio de espuma.

El que pique algo mas que un poquito va por gustos, así que tendremos que experimentar cual el nuestro y el de nuestros comensales, empezando con poca guindilla e ir en sucesivos guisos de caracoles aumentando o disminuyendo este ingrediente.

Dejar hervir a candela media hasta que se vea el caldo oscuro; media hora aproximadamente.

El caldo resultante es también consumido e incluso, en algunas ocasiones, bebido por algunos comensales sin contener caracol alguno.

Dejamos reposar los caracoles aproximadamente una hora antes de servirlos, y justamente antes de servirlos ponemos en un plato o en un vaso un cazo de caracoles con abundante caldo añadiendo en el momento de servir un chorrito de aceite de oliva crudo y una ramita de yerbabuena.

Suele ponerse unos palillos de dientes para sacar al bicho de su cascara, pero casi nunca hace falta porque el desdichado (o desdichada, que ellos/as son ambas cosas) suele morir asomado los cuernos a la puerta de casa. 

El culmen de la exquisitez es acompañarlos de una Cruzcampo fresquita, en una terraza o en un patio (de noche) con naranjo, pozo, jazmin y dama de noche entre arriates de albahaca, yerbabuena y romero, rodeado de amigos con una buena conversación. Es una de las cosas que hace que merezca la pena la primavera y parte del verano, en definitiva la VIDA.

martes, 22 de marzo de 2011

TORTILLITAS DE BACALAO

Plato de pobres en tiempos de vacas flacas convertido en comida de ricos en tiempos del “pelotazo”. La receta de hoy es un apaño gastronómico, originario de una época antigua, donde el bacalao seco era un recurso proteico más asequible que el pescado fresco,  cuando además en tiempo de Cuaresma, la religión católica tenía prescrita la abstinencia de la carne.

Una combinación de la gastronomía andaluza, que en Villamanrique de la Condesa adquiere cada Semana de Pasión y sus vísperas, categoría de delicatessen del paladar a la vez que del alma.

No faltaban nunca en casa de mis padres hasta la Pascua de Resurrección y he tomado el testigo de una centenaria tradición, pues era cuando chico una de las comidas que más me gustaban y ya en la temprana madurez me siguen gustando igual o más que antes. Para mi madre, por su experiencia ante las cacerolas, no había medidas; las hacía «a ojo de buen cubero», no pesaba nada, no medía nada... Sonrió ahora al recordarla cuando nos reñía porque no la dejábamos llenar la fuente casi nunca mientras las freía.

Las tortillitas de bacalao dejan escapar los sonámbulos y nebulosos recuerdos de mi infancia, apareciendo los sonidos, los olores y las imágenes de la cera derretida; las peinetas de concha de imitado carey cubiertas de encaje negro; los embriagadores y callejeros azahares; los vencejos cruzando en ordenado desorden el cielo de la plaza; las amorosas azoteas de dulces atardeceres y repetidas letanías; la Toja o Goya en la piel de mis titas de la calle Alhóndiga y la Plaza de San Leandro; la sombra mortecina de la espadaña del viejo convento franciscano; las apetecibles noches de primavera; el crucificado silente rodeado de cautivador incienso, caminante cansino hacia un imaginario Calvario; la bulla y los apretujones; la saeta cortando el aire de la “madrugá”; los varales, candelabros, respiraderos, faldones, maniguetas, zambranas, bambalinas y trabajaderas;  el búcaro del “aguaó” y colchas en los balcones … los suspiros de Esperanza que son “mi arma”, los Suspiros de España.

Ingredientes:
• 1 huevo
• 150 grs. de migas de bacalao
• 100 grs. de harina de garbanzo
• 100 grs. de harina normal o 200 grs. de harina normal si no encontráis la de garbanzo
• agua
• levadura Royal
• 3 dientes de ajo
• un manojito de perejil fresco
• un poco de azafran (los que sean más finos y pudientes) o colorante alimentario (quienes somos víctimas del empobrecimiento generalizado de las clases medias promovido por estos innovadores, participativos, progresistas y su puta madre que nos gobiernan)
• opcionalmente cebolla tierna

Preparación:
Desalamos las migas de bacalao poniéndolas en un cazo con agua durante 12 horas, cambiando el agua dos o tres veces.

Escurrimos y reservamos el agua que colaremos para quitarles los restos.

Mezclamos bien los dos tipos de harina y reservamos.

Batimos el huevo con sal y le añadimos un par de cucharaditas rasas de levadura, la mitad de la harina, tres dientes de ajo si son de buen tamaño o cuatro si son más chicos muy picado, el perejil picado muy menudito (y si le echamos cebolla igualmente), el azafrán y removemos con una cuchara o un tenedor.

Añadimos el bacalao bien escurrido y sin dejar de mover, vamos echando, poco a poco el agua (muy importante que esté tibia) y la otra mitad de la harina, añadiendo más de uno u otro ingrediente, tratando de evitar que nos salgan grumos, hasta que se forme una masa relativamente líquida (que no quede  demasiado espesa ni demasiado líquida; más o menos cremosa como una papilla).

Dejamos reposar y freímos luego en un perol con aceite caliente (que no haga humo), tomando como medida para cada tortillita una cucharada de la mezcla dejandola resbalar sobre el aceite y dejamo dorar en el aceite vuelta y vuelta, hasta que queden  crujientes por fuera y esponjosas por dentro. Las tortillitas deben ser delgaditas para que se frían bien.

Freímos un par de tortillitas y probamos si están bien de sal, pues todavía estamos a tiempo de añadir más sal.

Dependiendo del diámetro del perol pondremos más o menos cantidad de tortillitas a freír en dada tanda. Cuidado de que no se peguen unas a otras, lo mejor es poner la siguiente cuando la anterior ya está un poco frita.

Una vez fritas las vamos apartando en una fuente sobre moderno papel absorbente.

jueves, 11 de noviembre de 2010

SALMOREJO MANRIQUEÑO

Este aliño es llamado "salmorejo", pero no tiene nada que ver con el famoso cordobés.

Se sigue haciendo todavía con conservadora sabiduría en las cocinas familiares de mi pueblo; aunque con ligeras variantes entre cada familia.

Después de haber sido desterrado del campo, donde antaño los jornaleros lo hacían debajo de un olivo y que de tanto repetirlos debieron aburrirles, quiero compartir esta vieja receta marismeña:

Ingredientes:
• ½  Kg. de tomates
• 1 cebolla
• aceitunas deshuesadas negras y verdes
• 2 huevos duros
• 2 latas de atún o de melva en aceite
• 3 pimientos rojos grandes asados previamente
• aceite de oliva virgen
• vinagre
• sal

Elaboración:
Cortar los tomates en trozos, echarlos en un dornillo al que iremos añadiendo el resto de ingredientes.

Cortar la cebolla en juliana fina.

Cortar las aceitunas en rodajas.

Cortar los pimientos asados en trozos.

Rallar el huevo duro.

Incorporar todos estos ingredientes junto al atún escurriendo el aceite, echar sal, vinagre y aceite y remover hasta que esté bien mezclado el aliño.

Servir fresquito.

sábado, 6 de noviembre de 2010

ACEITUNAS PARTÍAS

Las aceitunas de mesa, que pueden ser de tipo manzanilla y gordales, y distintas por tanto de las destinadas a la extracción del aceite, se recolectan desde septiembre a diciembre.

Para prepararlas para su consumo compramos las aceitunas verdes (negras no ya que tienen un proceso diferente) sin aliñar, bien en algún mercado o a alguien que tenga olivos, o si tenemos la inmensa suerte de que alguna vez alguien nos las regalen.

Ojo, tendremos en cuenta que NO nos sirven las aceitunas que podemos comprar en los supermercados en botes de cristal, en latas o en bolsas de plástico. Esas presentaciones ya están aliñadas y ya absorbieron sal y por tanto no nos sirven para aliñar nuevas aceitunas que es de lo que ahora se trata.

Lo primero es lavarlas con abundante agua. Luego hay que quitarles su amargor natural teniéndolas remojadas en agua -renovando esta a diario-, entre siete y diez días aproximadamente, hasta que estén las aceitunas “dulces”, es decir, sin amargor.

Aunque la sosa cáustica puede hacer milagros acelerando todo el proceso nos olvidaremos de ella porque si tenemos prisa en comer aceitunas lo mejor es comprarlas ya preparadas. Este sistema  de la sosa cáustica se emplea en las llamadas aceitunas sevillanas, que por aquí llamamos aceitunas "cocías" (cocidas).

Lo normal en el procedimiento tradicional es utilizar solamente agua para endulzarlas.

Podemos dejarlas enteras, partidas (machacadas) o rayarlas. Las que antes pierden el amargor son las aceitunas partidas y las que tardan más en perderlo son las enteras.

Por contra, las aceitunas enteras se conservan durante mucho más tiempo mientras que las partidas adquieren más intensidad del sabor de los ingredientes que les añadiremos.  Las aceitunas rayadas se encontrarían en un término medio tanto en el tiempo que tardan en "endulzarse" en el agua como a la hora de adquirir el sabor de los ingredientes del aliño, como el tiempo que duran conservadas una vez que ya las tengamos aliñadas.

En mi casa casi todas las que preparaba mi madre eran las aceitunas "partías"; para ello cuando esten "dulces", se les escurre el agua  y vamos machacando con un mazo de madera, procurando no darles demasiado fuerte con objeto de conservar la mayoría de los huesos.

Y finalmente se aliñan con una antiquísima receta, en la que los ingredientes han variado muy poco desde las dominaciones romana y árabe y que por transmisión oral ha llegado hasta nuestros días.

El aliño milenario es básicamente a base de especias e hierbas aromáticas del campo de la zona, las cuales se crían de forma silvestre, y que se recolectan, respetando, por supuesto, los tallos, troncos y raíces de las plantas naturales, con tal de que sigan creciendo como lo han hecho desde hace tantísimos años.

Cuando estén "dulces" y las hayamos partido con el mazo, las vamos introduciendo en un recipiente, y le vamos añadiendo un puñado de sal, pimentón dulce, vinagre al gusto, pimientos verdes tronchados con las manos, un poco de orégano, comino, hinojo, tomillo y romero y unas cuantas cabezas de ajo. A los ajos hay que darles también un golpe con el mazo y echarlos con piel y todo.

Las medidas de los ingredientes van en función de la cantidad de aceitunas que vayamos a aliñar, pero la experiencia da que se hace a ojo de buen cubero y se va rectificando y perfeccionando las siguientes veces. Si están muy fuertes de vinagre, se les añade un poco de agua.

Esperamos unos siete u ocho días para consumirlas.

Este es el aliño que aprendí de mi madre, de  mi suegro, de mis cuñadas, de mis vecinos de la infancia, de mi entorno vital. Los ingredientes básicos, con las mínimas variaciones entre los pueblos del entorno son aceitunas, agua, sal, vinagre, ajos, comino, hinojo, tomillo y romero. La única pega es que hay que consumirlas en unos quince días, porque al estar aderezadas con vinagre se estropean… pero se pueden guardar solamente en salmuera durante todo el año y luego ir aliñándolas poco a poco.

Algunos consejos y trucos en todo este proceso:

1) Si deseamos conservar las aceitunas enteras durante unos meses entonces debemos de poner en salmuera, agua con sal, y para esto debemos de mover el agua con una cuchara de madera, nunca con una cuchara de metal o con las manos ya que en caso contrario se estropean.

2) Para quitar el amargor a las aceitunas hay que cambiales todos los días el agua. Si se utiliza agua caliente en lugar de agua fría el proceso se acelerará, pero como somos amantes de hacer estas cosas sin prisas utilizaremos agua a temperatura ambiente.

3) Para saber cuándo han perdido las aceitunas su amargor tan sólo hay que probar alguna de las más verdes o de las que al estar machadas no han perdido su hueso y si ya no amargan podemos dar paso al aliñado.

4) Para aliñar las aceitunas tan sólo tengan en cuenta que no le van a servir recipientes metálicos, pueden ser por ejemplo de cristal o las tradicionales tinajas u orzas de barro rojo esmaltado.

5) El sistema de aliñado sólo requiere saber que las aceitunas y el aliño hay que intercalarlo en capas, terminando siempre con una capa de aliño.

6) El recipiente se debe de tapar durante todo el proceso. Si no las consumimos inmediatamente se irá formando en la parte superior una capa blanca, como de espuma, que no es perjudicial para la salud pero que deberemos de retirar hacia un lado cada vez que cojamos algunas con un cazo o cuchara de madera para comerlas.

7) Recuerde que en el momento de aliñar debe de añadir una cantidad de sal que puede estar en torno a 70-90 gramos de sal por cada litro de agua o kilo de aceitunas.

8) El agua que debe utilizar sólo debe ser la suficiente para cubrirlas.

lunes, 1 de noviembre de 2010

BARBOS EN ADOBO

Hasta épocas relativamente recientes se comía poco pescado fresco del mar en el interior de las poblaciones que rodean Doñana. Las dificultades de su transporte y conservación hacían de este producto básico de la alimentación humana una cosa de ricos.

El poco pescado que se consumía era salado, en escabeche o en adobo. O peces con muchas espinas procedentes de río y de la inmensa planicie marismeña del El Coto de Doñana.

Así albures, barbos, anguilas, carpas (panarras), camarones... que fueron considerados comida de pobres durante muchos años, alimentaron muchas bocas en tiempos de eterna crisis, de necesidad, de hambre.

Villamanrique de la Condesa, por su cercanía al Guadalquivir, al Guadiamar y a las marismas de El Coto supo aprovechar lo que el entorno privilegiado le ofrecía para sustituir muchas veces en su alimentación el escasísimo pescado de mar por el abundante de río, por las anguilas en amarillo, con arroz, con patatas o fritas, y los camarones, en tortillitas o en blanco; igual que la corvinata o por los albures y barbos fritos, asados, aliñados y guisados en amarillo, con tomate o en adobo, que no anda muy lejos del legendario "garum" romano.

De río uno de los más tradicionales platos de esta zona son los famosos barbos en adobo, en el que se lleva la palma los que hacen en Coria y al que el desaparecido Francisco Palacios, El Pali, les dedicó unas sevillanas que en estos tiempos de Alianza de Civilizaciones, seguramente le habrían aplicado la censura previa:

Vaya un bautizo con arte
muchos barbos en adobo
mucho vino y alegría
y allí aprendieron los moros
el baile por bulerías...

Ingredientes:
• 4 barbos limpios y troceados
• ½ vaso de vinagre
• 5 dientes de ajo
• 2 cucharaditas de pimiento molido dulce (pimentón)
• 2 cucharaditas  de orégano
• comino (la punta de una cucharita)
• sal
• aceite

Elaboración:
En un mortero se machacan los ajos, el pimiento molido, el orégano, el comino y la sal.

Se escaman y limpian los barbos. Los cortamos a rodajas.

En un recipiente hondo colocamos una tanda de pescado y se vierte por encima el majado. Se repite la misma hasta terminar con los barbos.

Añadimos el vinagre y maceramos durante 24 horas para que se impregne bien.

Secamos el pescado, lo pasamos por harina y lo freímos en aceite de oliva virgen extra caliente.

sábado, 30 de octubre de 2010

MIGAS ROCIERAS

A medida que nos hemos ido "globalizando", Villamanrique de la Condesa sigue defendiendo más o menos su singularidad, convirtiendo muchos platos de su cocina tradicional en señas de identidad.

Sus comidas tradicionales, que en tiempos no muy remotos fueron considerados platos de pobres, siguen cocinándose en los modernos fogones vitrocerámicos manriqueños; como la caldereta, las espinacas con garbanzos, las tortillitas de bacalao, el puchero, la tostá con sardinas, los pestiños, las rosas, las "agüelas" (hojuelas), las tortas de pascua, los piris, los salmorejos, la sangre encebollá, el tomate con bacalao o las migas...

En España, en Andalucía, en Sevilla y en el entorno de Doñana, el pan fue el centro de la alimentación. Su consumo, que empezó a decaer estrepitosamente en los últimos tiempos, fue muy importante en la dieta de los jornaleros y campesinos hasta épocas muy recientes.

Aunque el pan se sigue fabricando ha cambiado su fortuna: antes se comía todo el pan que se compraba y hoy día lo tiramos casi todo. Parece como si se hubiese estigmatizado el pan de toa la vida. El pan ha perdido su tradicional centralidad en la mesa al tiempo que ha ganado diversidad en los modernos y asépticos hornos instalados en los polígonos industriales.

Viejos recuerdos vienen ahora a mi memoria de la talega de mi casa llena de grandes panes, con miga prieta, horneados sin prisas en los hornos manriqueños; panes que duraban varios días, antes de terminar en los guisos que tan ricos hacía mi madre o mi abuela, como ingrediente base de muchos de ellos.

Cada textura del pan prieto, cada mendrugo, tenía su suerte: desde la pieza más reciente y las partes más blandas, que se comían a bocados con una onza de chocolate o haciendo un canto de pan y azúcar para la merienda, hasta las más partes más correosas o duras, que servían para hacer manjares exquisitos: sopas del puchero, sopas de ajos, sopas de tomate, gazpachos, sopeaos, migas... ¡Hay las migas de "pan prieto", que ricas…!

Ingredietes:
• 1 "pan prieto" grande de Villamanrique (del día anterior o de varios días, que esté bien asentado)
• 2 cabezas de ajos
• 1chorizo fresco
• 1/4 Kg. de tocino entreverao
• aceite de oliva virgen
• sal

Elaboración:
Cortamos el pan muy menudo. Mezclamos agua con sal y añadimos las migas. Lo revolvemos bien y lo tapamos como una hora o asi.

Limpiamos el tocino entreverao y lo cortamos en tacos: hacemos lo mismo con el chorizo pero cortado en rodajas.

Pelamos los dientes de ajo y los freimos en abundante aceite de oliva virgen. Los dientes de ajo no se pelan, se le da un corte y se hechan enteros.

Una vez fritos los retiramos y ponemos a freir el tocino. Retiramos el tocino y freimos el chorizo y lo retiramos.

Añadimos el mismo aceite las migas que ya habran absorbido el agua y las refreimos muy lentamente para que queden bien crujientes y sueltas. Y a mover, mover y mover. Las abuelas decían que para hacer unas migas "guenas", que el aceite tenia que echarlo un ciego y moverlas un loco, asi que ya sabeis contra mas aceite, mas sabrosas y contra mas se mueven mas sueltas quedan.

Cuando esten sueltas le adañimos el chorizo y el tocino y seguimos refriendo muy lentamente y con mucha paciencia hasta que quedan bien secas y crujientes.

Pueden ser acompañadas de Se acompañan de pimientos fritos o asados, o sardinas asadas, costillas, etc.

jueves, 28 de octubre de 2010

PAPAS ALIÑÁS

Corría el mes de septiembre de 1531, principios de la primavera austral, cuando un bastardo y analfabeto extremeño, nacido en Trujillo,  enjuto y pendenciero espadachín llamado Francisco Pizarro Gonzalez cruzó los Andes, secuestró al indio Atahualpa, asesinó a su hermano Huascar, entronizó como emperador al traidor Manco Capac y obtuvo cantidades espeluznantes de oro; en resumen, colonizó Perú.

Pero lo más importante no fue eso, lo más destacado de su hazaña fue el descubrimiento de la patata.

Pizarro vio cómo aquellos pobres indios que vivían en condiciones climáticas extremas, sobrevivían comiendo unos pequeños tubérculos que sembraban entre las hendiduras de las rocas, en pequeñas mesetas que ofrecían las heladas cordilleras y en los lugares más insospechados e inaccesibles.

Poco tiempo después su cultivo empezaba a expandirse por el nuevo mundo, México, Antillas, etc., y un tratante de esclavos llamado Hawkins, llegó incluso a traerla a Europa, pero los irlandeses, católicos como nadie, tenían sus principios y el proyecto cayó en el olvido.

En 1560 los españoles la transportaron de nuevo al viejo continente y fue experimentada con gran éxito en los «Huertos Botánicos».

Poco tiempo después, medio Sevilla, la mayor ciudad de su época y de tantos otros  pueblos sevillanos y andaluces, en cuyos campos se estrenaba la primera versión del capitalismo agrario que el mundo conoció, tenia macetas de patatas adornando sus portales y fachadas, claro está, que de ahí a comerlas había un abismo.

Sin embargo debieron alertar a los hombres de ciencia. Se tiene constancia que desde la calle Sierpes (donde tenía su huerto a la altura del cronómetro) bajaba el Dr. Monardes al puerto, para recoger de las naves recién llegadas las simientes que, con paciente afán investigador, sembraba en el corazón de Sevilla y de cuyas plantas anotaba los usos y propiedades, porque los que las habían arrancado de su suelo se habían olvidado de anotar para qué servían o cómo se comían.

Pero aquellas plantas exóticas se fueron como vinieron, sin que los sevillanos volvieran a tener noticia de la patata hasta varios siglos después

Partieron rumbo a Italia, donde la corte de los Medicci, debido a su pasión por las trufas empezaron a consumirlas y a cultivarlas hacia 1588 llamándolas, tartufoli, algo así como trufillas, pero fue en la famélica Europa central donde empezó realmente su consumo, al principio como planta forrajera nada más, o como un "esnobismo» cortesano, como ocurriera en 1616 en que le fue servida al necio del rey Luis XIII y a su intrigante consejero el cardenal Richelieu; luego, a causa de las terribles hambrunas que asolaban los pueblos después de cada guerrita, empezaron a ser consumidas por los miserables agricultores alemanes.

Como es lógico, los franceses atribuyen su expansión al célebre primer farmacéutico de los ejércitos de Napoleón, Antoine Augustín Parmentier, pero esto no es más que otra payasada chauvinista de las muchas a las que nos tienen acostumbrados nuestros queridos vecinos gabachos.

En España la cosa fue más lenta y a pesar de haber sido los primeros importadores y aclimatadores, su cultivo nos llegó de rebote y gracias al eclecticismo de la casa de Borbón (tan ligada  después a Villamanrique de la Condesa) que veía cómo sus súbditos se morían de hambre sin que el Clero, propietario de las mejores tierras de cultivo moviese un dedo por paliar tanta miseria.

Tras el Concordato de 1737 empezó realmente la desamortización en toda Europa, menos en España, donde el clero defendía sus propiedades con uñas y dientes, teniendo que repetirse las disposiciones en 1745, 1756 y 1760. En 1763, Carlos III tiene que prohibir ya de forma tajante que “las manos muertas adquieran nuevos bienes para evitar que a título de una piedad mal entendida se vaya acabando el patrimonio de los legos” y son los políticos ilustrados, Campomanes y Jovellanos los que con sus obras “Tratado de la regalía de amortización" e “Informe en el expediente de la ley agraria" respectivamente, preparan el camino para que, medio siglo después, Mendizábal ejecutase a rajatabla las medidas tomadas en 1820 sobre la venta de fincas rústicas y supresión de órdenes religiosas, y con ella la liberalización del cultivo en gran parte de las tierras españolas.

Pero antes de este gran paso, tras la crisis cerealera de 1769 y la terrible plaga que diezmó su población activa, Galicia se moría de hambre y a pesar de opiniones sobre la patata, como la recogida en un documento eclesiástico fechado en 1771 en la «Mariña» lucense que decía: «... no tienen estimación, ni personas de conveniencia las gastaron para su alimento sino para la ceba de puercos», los pobre agricultores gallegos, influidos por las costumbres que traían los marinos ingleses hasta sus costas, trabajaron arduamente para que un siglo después la patata volviese a Sevilla para que su cocina se recreara en los guisos de lo que hoy consideramos un tipismo.

En  casi toda Andalucía, disfrutamos de un humilde pero sabroso plato llamado "papas aliñás" (patatas aliñadas). Se trata de una receta clásica de la gastronomía andaluza, que es muy corriente en los menús tanto de los bares, tabernas y restaurantes como de los hogares familiares.

Las "papas aliñás" necesitan muy pocos ingredientes para hacerlas: patatas nuevas, cebolla, perejil, aceite de oliva, vinagre y sal, aunque como en la mayoría de recetas tradicionales, hay muchas variantes, muchas veces para hacer un plato más completo, añadiendo por ejemplo atún en aceite, huevo duro, aceitunas, etc., etc. ...

La elaboración de las "papas aliñás" es muy sencilla y el secreto de su éxito está principalmente en:
1) La calidad de los ingredientes, que deben ser sobre todo frescos.
2) En el aceite, que debe ser de oliva virgen extra.
3) En la cocción de papas, que deben ser cubiertas de agua, una vez lavadas pero conservando su piel. Para que la cocción sea homogénea hay que elegir las patatas para que todas sean del mismo tamaño, estarán hechas en el mismo tiempo y cada bocado de la tapa o entrante será igual de exquisito.
4) Las papas se deben pelar, trocear y aliñar estando calientes, es de este modo como mejor adoptarán los sabores del aliño, y después hay que dejarlas enfriar.

Ingredientes:
• 1 k de patatas nuevas blancas, de tamaño pequeño
• 1 cebolla mediana
• Aceite de oliva virgen extra
• Sal gorda
• Vinagre de jerez.
• 1 ramita de perejil
• También admite, aunque no es imprescindible, huevo cocido y luego troceado, zanahoria cocida y luego cortada en rodajas y/o un poco de atún en conserva, que va estupendo a este aliño.

Elaboración:
El tamaño de las patatas debe de ser homogéneo para que el tiempo de cocción sea el mismo para todas.

Lavamos muy bien las patatas y las cocemos pero con la piel en una cazuela. Cuando empiece a hervir el agua, se baja la candela para que hiervan poco a poco y no se rompan. Cuando lleven 5 minutos hirviendo, se les echa un puñado de sal y se dejan a fuego lento hasta que estén cocidas (introducimos la punta de un cuchillo para saber si están en su punto).

Mientras, lavamos la cebolla, la pelamos y la cortamos en rodajas muy finas y picamos el perejil y reservamos.

Sacamos las papas una vez cocidas, y las ponemos sobre un escurridor y todavía calientes las pelamos quitándoles la piel con las uñas. La ponemos en una fuente amplia que se meterá en el frigorífico durante 1 hora.

Cuando estén frías, se cortan en rodajas de tamaños regulares.

Echamos las papas cortadas en una fuente grande, le añadimos la cebolla y el perejil que habíamos preparado antes.

Le añadimos el aceite de oliva y las "mareamos" acertadamente, sin prisas, despacio, a poder ser con cuchara de madera. Cuando veamos que ha quedado bien impregnado de aceite echamos vinagre poco a poco hasta que veamos que esta bien de sabor. El vinagre debe tener presencia en el paladar pero nunca protagonismo.

Revolver bien todo de nuevo para que se mezclen bien todos los ingredientes para aprovechar al máximo esta receta.

Es conveniente tomar esta ensalada a temperatura ambiente pero no fría del frigorífico, porque el exceso de frío hace que resta textura y sabor. Y a disfrutar  de un resultado gastronómico de alto nivel.

viernes, 22 de octubre de 2010

SOPEAO MARISMEÑO

Poco vamos a exponer en este blog sobre las comidas de los artesanos, de los pequeños comerciantes, de los curas, de los terratenientes, de los farmacéuticos o de los funcionarios del entorno geográfico que me vio crecer,  debido a su menor importancia numérica y social en el entramado vecinal antiguo de mi pueblo y rural andaluz. No obstante, era básicamente la misma que la de los jornaleros del campesinado, aunque hubiera diferencias en cuanto a la cantidad y a la calidad.

Antiguamente los trabajadores del campo o los pastores por la mañana comían migas o sopas acompañadas por algo de tocino o morcilla; al mediodía o por la noche, según hubiese, se probaba cocido o gazpacho. "Según hubiese" porque, cuando se trabajaba en el campo y no había una mujer para aviar el primero, tenían los hombres que preparar rápido el segundo, con los frutos del campo que los ciclos productivos estacionales les proporcionaban.

Una de esas sopas era el "piri" o "pirri". En el entorno natural del Parque de Doñana y de las Marismas del Guadalquivir, el "piri" o "pirri", consistía en echarle al resto del gazpacho que quedaba en el dornillo de barro blanco un chorreón de aceite y sardinas o cualquier otro pescado, generalmente sobrante del día anterior.

Al ''Sopeao'' en cambio, que no era más que sobraba del gazpacho, el asiento, el majado después de separar el caldo, se le echaba desde el principio un majado de pan, aceite, tomate, vinagre y sal, que, una vez hecho, se migaba con pan asentado del día anterior, para después escurrírsele el caldo que sobraba.

Este iba a un recipiente para beberlo; mientras que al majado se le añadían huevos duros, tomate y pimiento en trocitos, melón, uvas, trocitos de pan "prieto" manriqueño, atún o cualquier otro pescado y desde luego, un buen chorreón de aceite virgen extra de la comarca, de manera que quedaba con un picadillo por encima.

Hoy día podemos decir sin temor a equivocarnos que el  ''Sopeao'' es una variante del gazpacho y del "piri" o "pirri", pero con más trozos de verduras. Incluso hay quién lo toma sin el gazpacho en sí, es decir, todas las verduras picadas finas y sin triturar, con un buen chorro de aceite de oliva virgen extra.

Hay ingredientes que encontramos en el ''Sopeao'', que habitualmente no encontramos en el gazpacho, y es que esto va un poco al gusto de cada uno, ya que hay quien le añade incluso hojitas de lechuga picada, hierbabuena, canónigos, etc.

Ingredientes:
• 1 diente de ajo
• 1 pepino
• 3 tomates maduros grandes (1 kg)
• 1 Pimiento
• hierbabuena
• sal
• aceite de oliva virgen extra   

Elaboración:
Se trituran todos los ingredientes, o si se prefiere, se trocean finamente y se mezclan.

Se sirve frío en un plato, con pellizcos de pan del día anterior y se deja remojar unos minutos antes de consumirse. A la hora de servir, se puede poner por encima hojas de lechuga picadas, hojas de hierbabuena fresca, cebollita fresca picada, uvas negras, etc.