Mi memoria me transporta en el tiempo, magnificando mis sentidos, viendo con nitidez subjetiva las viejas cocinas de carbón de mi familia.
Presididas entonces todas ellas por unas hornillas en forma de banco de obra adosado en la pared, de aproximadamente un metro de altura, solados de ladrillo visto y rojo o de rudimentarios azulejos de colores apagados.
Con fogones redondos de hierro (hornillas) en su parte superior y con unas pequeñas bocas cuadradas en el frontal de unas galerías por las que se accedía al fondo de cada uno de los fogones (bocas de las hornillas).

Si se quería avivar el fuego se hacía "aventando" por medio del "aventaó" redondo de esparto en la boca cuadrada de la hornilla. Si se deseaba cocinar a "fuego lento" se recurría a dejar el guiso sobre las brasas de carbón medio apagadas.
Las hornillas además de contener el carbón con las brasas ardiendo, servían de apoyo a ollas, cacerolas, cazos y peroles y limitaba la zona de ascuas (arriba) y cenizas que caían hacia abajo; en donde también reposaba la tenaza dispuesta para servir en cualquier instante.
Según parece este tipo de hornillas ya se usaba en el siglo XIX. Yo tuve la gran suerte de verlos funcionar hasta los años setenta del siglo XX, con la llegada del gas butano, que poco a poco los fue sustituyendo.
Terminada la comida se fregaba en uno o dos lebrillos pequeños, embutidos en la misma obra de mampostería de la hornilla, de manera que el agua se echaba de un recipiente y desaguaba, gracias a un tubo, en un cubo de zinc que se colocaba debajo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario